Adriano Romualdi
PLATÓN Y LA REVOLUCIÓN EUROPEA
Como ya se ha indicado el totalitarismo platónico evoca, aunque sólo sea
por analogías formales, el totalitarismo europeo contemporáneo. Tanto en uno
como en otro estamos ante la pretensión del Estado de guiar la vida del
individuo, tanto en uno como en otro una idea se sitúa en el centro de la
vida
con la pretensión de sellar todas sus manifestaciones. Es cierto que Platón
habría podido suscribir el eslogan mussoliniano «Todo dentro el Estado nada
fuera del Estado, nada contra el Estado». Y es también cierto que habría
podido
escribir de su puño y letra una declaración como la aparecida en Pravda el
21 de
agosto de 1946: «El deber de la literatura es ayudar adecuadamente al Estado
a
educar a su juventud, responder a sus necesidades, educar a la nueva
generación
a ser valerosa, a creer en su causa, a mostrarse intrépida ante los
obstáculos y
preparada para superar todas las barreras...».
El totalitarismo platónico no nace solamente de la concepción del Estado
como un macro-hombre, como unidad orgánica, sino también de la conciencia de
la
descomposición social, de la crisis de la ciudad griega que exigía
soluciones
drásticas, medidas urgentes y coercitivas. Nace de la conciencia de que la
antigua clase dirigente estaba muerta y la nueva no estaba todavía preparada.
Visto desde esta perspectiva, el totalitarismo platónico presenta relevantes
coincidencias históricas con el totalitarismo moderno, surgido para
sustituir
las elites políticas derribadas por las revoluciones liberales. Ambos
totalitarismos, nacidos de una meditación pesimista sobre el momento
presente,
acusan un optimismo fundamental. Creer que un Estado, una civilización,
puedan
ser salvados mediante el dominio de una sola idea es, ante todo, una
manifestación de esperanza. Sólo se está dispuesto a reconocer una autoridad
política ilimitada a aquel principio del cual se acepta, fielmente, su
ilimitada
bondad. En este sentido, el totalitarismo de Platón, la idea del
Estado-organismo, se nos presenta cono un mito, como mitos son las
concepciones
de los Estados fascista, nacionalsocialista y bolchevique.
Considerado en su líneas generales, el mito del Estado platónico puede
relacionarse con las más diversas tendencias del totalitarismo moderno, sean
éstas de derecha o de izquierda: «En la República se puede encontrar la
autorización a predicar la revolución social, la caída del capitalismo y el
poder del dinero; pero igualmente puede encontrarse una justificación de la
coexistencia de dos sistemas diferentes de educación, uno para los pocos y
otro
para los muchos, y una justificación de la clase dirigente hereditaria»[1].
Sin embargo, observando con más atención, el sentido del totalitarismo
platónico nos obliga a hacer distinciones: no se trata de la tiranía de una
clase o de una facción sino del gobierno de los mejores, los cuales,
encarnado
los valores heroicos y sacrales, pueden razonablemente pretender representar
la
totalidad de los valores del espíritu. Esta cualificación más precisa nos
permite, sin embargo, rechazar toda posible vinculación entre bolchevismo y
platonismo. En efecto, este último no es un Estado-totalidad sino una parte
del
todo, la más ínfima y plebeya, que pretende situarse como absoluto social y
espiritual. La dictadura del proletariado constituye la inversión perfecta
del
ideal platónico. Más complejo resulta el discurso para el fascismo y el
nacionalsocialismo que, si bien han ignorado la suprema exigencia de situar
nuevamente en la cima del Estado valores trascendentes, también es cierto
que
han luchado por la creación de una elite heroica capaz de situar la política
por
encima de la economía e imponer una nueva jerarquía de los rangos. En cierto
sentido representan un intento de remontar el ciclo de la decadencia de las
formas políticas tal y como se halla delineado en la República.
Las relaciones entre platonismo y nacionalsocialismo merecen un
consideración a parte. Es conocida la influencia ejercida por el platonismo
sobre la cultura alemana de la primera mitad del siglo XX. El circulo que
dirige
el poeta-profeta Stefan George difunde una imagen heroica de Platón que no
deja
de influir en las corrientes políticas de extrema derecha. Así, izada la
roja
bandera de la esvástica sobre el mástil de la Cancillería, se eleva un coro
de
voces proclamando a Platón «precursor», «defensor del derecho de los
mejores»,
«nórdico», «Gründer», «Hüter des Lebens» o incluso «Führer»[2]. Para la
reconstrucción de la imagen de Platón en el III Reich resulta de interés el
libro de Hans Günther, el máximo teórico nacionalsocialista de la idea
«nórdica», dedicado a «Platon als Hüter des Lebens. Platons Zucht und
Erziehunggedanken und deren Bedeutung fur die Gegenwart» («Platón como
custodio
de la vida. La concepción educativa y selectiva platónica y sus significado
para
nuestro tiempo»). En él se puede leer: «No debemos dejarnos seducir por
aquellos
que definen la eugenesia como una ciencia “animal”. Fue Platón quien
proporcionó
al término griego “idea” su actual significado filosófico y quien con su
doctrina se ha impuesto como fundador del idealismo... y ha sido
precisamente el
propio Platón quien, en tanto que idealista, el primero en definir el ideal
de
la selección»[3]. Para Günther, Platón es el salvador de la sangre elegida,
el
asertor de la vida como totalidad de alma y cuerpo. Para Platón, como para
todos
los arios primitivos, «no existía nada espiritual que no concerniese también
al
cuerpo ni nada físico que no concerniese igualmente al alma. Esta constituye
precisamente la manera característica de pensar del nórdico»[4]. En la
concepción aria de la vida, interpretada por Platón, la nobleza de ánimo y
la
belleza comienzan a existir «cuando las tenemos ante los ojos,
personificadas.
Esta sana concepción genera el concepto helénico de la kalokagathía, de la
bondad-belleza, y la kalokagathía no se considera como un modelo de
perfección
individual sino como algo mucho más vasto: una teoría de la cría de una
humanidad superior. Sólo por medio de una selección, de la educación de una
estirpe elegida, puede lograrse que la belleza y la bondad aparezcan un día
personificadas ante nosotros»[5].
Resulta evidente que la interpretación nacionalsocialista de Platón es
propagandística y unilateral. Pero, igualmente, algunas afirmaciones
fundamentales son irrebatibles. Muy difícilmente se hubiese escandalizado
Platón
ante la quema de los libros «corruptores» o ante las leyes para la
protección de
la sangre. Evidentes influjos platónicos se encuentran además en la doctrina
interna de las S.S., dedicadas a someter a una paciente selección física y
espiritual a los futuros jefes, educados en los Ordensburgen, los «Castillos
de
la Orden» surgidos por doquier en Alemania. La Ordnungstaatgedanke, la
concepción del Estado como Orden viril que se identifica con la voluntad
política, se nos muestra como una revivificación de las ideas de la
República.
Concluyendo, se puede afirmar que se encuentra una herencia platónica
incontestable en los movimientos fascistas europeos. La identificación del
Estado con una minoría heroica que lo rige, el ardiente sentimiento
comunitario,
la educación espartana de la juventud, la difusión de ideas-fuerza por medio
del
mito, la movilización permanente de todas las virtudes cívicas y guerreras,
la
concepción de la vida pública como un espectáculo noble y bello en el que
todos
participan: todo esto es fascista, nacionalsocialista y platónico a la vez.
La
evidencia habla por sí sola.
Hoy, consumida en una sola e inmensa pira la esperanza de volver a dar una
elite a la Europa invertebrada, la enseñanza política de Platón parece
lejana y
casi perdida para siempre. Los valores económicos, que él colocó no en la
cúspide sino en la base de la sociedad, se exaltan como soberanos. Burguesía
y
proletariado, Occidente y Oriente, capitalismo y comunismo proclaman al
unísono
la llegada de un Estado cuya única meta es el bienestar de los más. Aquello
que
Platón habría denominado como la parte apetitiva del Estado ha aplastado a
la
parte heroica y cognoscitiva. La civilización de las masas pesa como la
opaca
mole de las inmensas ciudades de cemento. Pero este mundo de las masas lleva
en
su seno los gérmenes de su propia descomposición. Por un lado, se asiste a
una
creciente especialización de las funciones, por otro, al nacimiento de una
estructura cada vez más parecida a un mecanismo perfecto[6]. Entretanto, las
masas, insertas en este gran mecanismo, vegetan en la comodidad en un estado
de
creciente abulia política. Surge así la posibilidad del dominio de una elite
especializada sobre una masa satisfecha e indiferente. Escribe Nietzsche en
la
Voluntad de Poder: «Un día los obreros vivirán como hoy los burgueses pero
sobre
ello vivirá la casta superior; ésta será más pobre y más simple pero poseerá
el
poder». Es una afirmación profética que proyecta en el futuro la visión de
una
elite platónica interiormente forjada por un moderno doricismo, habitando
con
sobria pobreza en el centro inmóvil donde accionan las ruedas del brillante
mecanismo de la civilización occidental[7].
Llegados a este punto, cuando estamos a punto de concluir estas notas
introductorias, concédasenos el finalizar a la manera platónica
introduciendo un
mito. Un mito que no hemos inventado nosotros sino que se encuentra en las
páginas de una novela de Daniel Halévy, Histoire de quatre ans. 1997-2001.
Estamos en 1997: Europa se pudre en el bienestar y el libertinaje. La
corrupción
crece por lo que «heridos los centros de energía aria», la marea de los
pueblos
de color amenaza a los europeos decadentes. Pero he aquí que, un poco por
todos
lados, grupos de individuos se aíslan, dándose una estructura
ascético-militar,
una disciplina severa. En sus cenobios se recompone la antigua ley de la
vida,
vuelve a florecer el espíritu de obediencia y sacrificio. Alcanzando el
poder,
el grupo de monjes-laicos pone fin al desorden y a la corrupción democrática
dividiendo la sociedad en las tres castas de asociados, novicios y
sometidos. El
esfuerzo del nuevo orden salva Europa, y la Federación Europea, fundada el
16 de
abril de 2001, se prepara para marchar contra los bárbaros de Oriente.
Hasta aquí el mito, un mito didascálico que no habría desagradado a Platón.
Pero, en el mito y más allá del mito, el ideal político de Platón se
mantiene
como un elemento permanente de toda verdadera batalla por el orden. El perno
de
su sistema político está constituido por la exigencia de hacer coincidir la
jerarquía espiritual con la jerarquía política, de asegurar al espíritu la
dirección del Estado. No sin motivo Kurt Hildebrandt ha podido titular su
libro
Platón, la lucha del espíritu por la potencia. Esta exigencia, formulada con
tanta claridad por el más grande pensador de la Hélade y de Occidente,
permanece
en todo tiempo, al igual que las historias de Tucídides ktéma es aéi, una
conquista para la eternidad. Nadie como Platón ha sufrido por la ineptitud
de la
inteligencia, incapaz de dar un orden a la vida. Ha contemplado hasta en los
abismos más insondables la tragedia de la escisión entre espíritu y vida,
entre
espíritu y poder político. Y nos ha mostrado la vía real que conduce más
allá de
esta trágica escisión: no la vana tentativa idealista de adecuar la política
a
esquemas abstractos, sino un esfuerzo heroico y disciplinado para infundir
sangre y energía a la pura inteligencia, para confiar los valores del
espíritu a
una especie de hombre fuerte, templada, victoriosa.
En la oscuridad contemporánea la doctrina de platón arde como un fuego
lejano que orienta nuestro camino. Hacia ella deberá saber mirar una nueva
clase
política resuelta a fundar el verdadero Estado, a dar a cada uno lo suyo, a
imponer contra la tiranía de la masa y del dinero la nueva jerarquía.
[1] Thomas A. Sinclair, Il pensiero politico clásico, Bari, 1961, p. 223.
[2] Sobre la imagen de Platón en la Alemania de este periodo véanse: J.
Bannes,
Hitlers Kampf und Platons Staat, Berlín y Leipzig 1933 y Die Philosophie des
heroischen Vorbildes; C. Bering, Der Staat der Königlichen Weisen, 1932; K.
Gabler, Platon der Führer, 1932; H. Kutter, Platon und die europäische
Entscheidung; F. J. Brecht, Platon und der George-Kreis, Leipzig 1929.
[3] Platon als Hüter des Lebens, Munich 1928, p. 66.
[4] Op. cit., p. 39.
[5] Op. cit., p. 46.
[6] Véase J. Evola, Cavalcare la tigre, Milán 1961: «En el lugar de las
unidades
tradicionales –de los cuerpos particulares, de los órdenes de las castas y
de
las clases funcionales, de las corporaciones– conjunto de miembros a los que
el
individuo se sentía ligado en función de un principio supraindividual que
informaba su entera vida, proporcionándole un significado y una orientación
específicos, hoy se poseen asociaciones determinadas únicamente por el
interés
material de los individuos, que sólo se unen sobre una base: sindicatos,
organizaciones de categoría, partidos. El estado informe de los pueblos, en
la
actualidad convertidos en meras masas, hace que todo posible orden posea un
carácter necesariamente centralista y coercitivo».
[7] Una perspectiva similar se delinea en Der Arbeiter de Ernst Jünger: «Al
igual que produce placer ver a las tribus libres del desierto que, vestidas
de
harapos, poseen como única riqueza sus caballos y sus valiosas armas,
también
resultaría placentero ver el grandioso y valioso instrumental de la
“civilización” servido y dirigido por un personal que vive en una pobreza
monacal y militar. Es éste un espectáculo que produce alegría viril y que
hace
su aparición allí donde al hombre se le imponen exigencias superiores para
alcanzar grandes fines. Fenómenos cono la Orden de los Caballeros
Teutónicos, el
ejército prusiano, y la Compañía de Jesús constituyen ejemplos a tal
efecto...».
Citado en J. Evola, L’operaio nel pensiero di Ernst Jünger, Roma 1960, pp.
75.
Cultura Europea
http://libreopinion.com/members/ceuropea y en
http://es.groups.yahoo.com/group/culturaeuropea